Un oboísta de la orquesta sinfónica ( el Maestro Vitnivesky) me propuso acompañar clases de Expresión Corporal, él creía que yo estaba preparado para llevar a cabo esa tarea. Anoté la dirección del lugar y fui. Al llegar a la puerta había una chapa poco convencional, un melenudo sol de bronce, debajo decía “LA CASA DEL SOL ALBAÑIL”, actores, bailarines, artistas plásticos, escritores, niños que iban y venían con sus rostros sonrientes y sus miradas repletas de luz, allí me especialicé en musicalizar movimiento, estados de ánimo, imágenes, teatro, danza y expresión corporal con profesionales de primer nivel quienes me dieron la oportunidad de descubrir otras artes desde la música.
En esa CASA que también era mía formé parte del grupo de literatura coordinado por Mirta Colángelo quien además de haberme ayudado a mejorar mi lenguaje y mi escritura me enseñó que la poesía no se entiende, se vive. Cortazar, Girondo, Breton, Artaud, Lautremont, Hesse, Pessoa, Artl, fueron algunos de los escritores leídos por ese grupo de magia.
 
 
  Viví muchos años en el sur, logré un espacio interesante, hice amigos entrañables en el medio artístico de esta zona, reconocimiento y apoyo de los medios para promover mis trabajos, edité dos materiales discográficos con el sello SendaCirce, concreté proyectos individuales y grupales, luego tuve la inquietud de trabajar en un medio más amplio y volví a Buenos Aires.  
 
 
 Conseguí un cargo en la Escuela Nacional de Danzas, y otro en el Estudio de Expresión Corporal de Perla Jaritonsky y Paula Etchebere, producí y acompañé a cantantes en grabaciones y espectáculos, presenté mi música en diversos espacios (centros culturales, bares, restaurantes) en el momento de mi arribo a Buenos Aires el país atravesaba una profunda crisis cultural que se evidenciaba más en la gran ciudad, los músicos profesionales ya consagrados entraron en crisis con las discográficas multinacionales, ya nadie sacaba discos, lo que se produjo fue lo que yo llamo “fast food” de la música, algo light que se digiera rápido y que no alimente demasiado. No era ese mi proyecto, tuve que desarrollar mi creatividad al máximo para no convertirme en un producto de consumo y trabajar artísticamente.   
 
 
 En diciembre de 2002 edité mi último material al que llamé “Sueños e Insomnios”, tardé varios años en terminarlo, es digno, es mío, no le pregunté e nadie si me daba permiso para que un tema u otro pueda entrar en el contenido, grabé con músicos talentosos, utilicé distintas técnicas de grabación en estudios de muy buen nivel con amigos y afecto.   
 
 
 Con la ayuda de mi psicoanalista Ricardo Litvinov (el bueno), logré sobrellevar estos años de ardua tarea con el arte y en la vida. Gracias al teatro recuperé la costumbre de jugar. Gracias Hugo Corrias, gracias Gustavo Oliver.
Cada vez que subo a un escenario lo disfruto con el corazón, como en mi niñez siento que estoy jugando
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